CAPÍTULO 3. QUEHACER FILOSOFICO NAHUATL


Cuando uno se pregunta cómo son las cosas y cuáles son sus cualidades, se está muy cerca del terreno de la ciencia. Pero si se cuestiona al ser acerca de éstas mismas cosas, se incursiona en el terreno de la Filosofía. Un saber responde al comportamiento, el otro pretende explicar cómo es posible dicho comportamiento.

Los pensadores nahuas se preguntaron por el ser, origen y destino del Universo del hombre. No sólo se interesaron por registrar los acontecimientos, el devenir de astros, pueblos e individuos, sino que pretendieron comprender por qué los sucesos se desarrollaban de tal forma. También se dieron cuenta de que responder a las preguntas del sentido y de la finalidad, era posible únicamente en relación con “el más allá” y la divinidad.

La preocupación filosófica náhuatl no se conformó con describir la acción humana, trato de ir a la raíz, al meollo de este actuar. Lo fundamental fue dilucidar cuál era la verdad del hombre; es decir, cuál era su destino siendo, como es, un ser que está de paso por la Tierra.

Los nahuas, como su concepción cósmica, donde todo se encuentra relacionado y superpuesto entre sí, admiten que el hombre, como otro ser viviente más, incluida en esta categoría cualquier manifestación de la vida, como la Tierra o el viento, no está desconectado de los demás acontecimientos y obedece al ordenamiento superior que es el designio divino.

Podría pensarse que el hacer depender al hombre de fuerzas externas a él, como la divinidad, nos lleva a una explicación irracional o arbitraria. Esto no necesariamente es así. El problema de Dios y sus diversas manifestaciones es el problema filosófico por excelencia. Sólo una parte de la humanidad preconiza su independencia y autosuficiencia; la otra acepta la subordinación por fuerzas que la rebasan. Ambas explican, a su modo, qué es el hombre y cuál es su sentido en esta Tierra, sin que hasta el momento se reconozca la superioridad de alguna de las dos posturas.

Esto también se aplica a lo que se ha denominado “explicación mítica”. Se dice que atribuir cualidades humanas a elementos naturales significa poco desarrollo intelectual o, en el mejor de los casos, se considera pensamiento no filosófico (por ser “irracional). Sin embargo, el pensamiento indígena entiende que la materia está “sostenida” por el principio de la vida. Siendo que los seres no la generan en sí, sino que les es dado, la vida es, lógicamente, un principio divino. Por tanto, cualquier manifestación de vida, incluido el hombre, contiene en sí lo divino. No hay entonces diferencia, superioridad o inferioridad, entre los seres y sus atributos. Todos conforman al Universo, siendo éste un conjunto de seres vivos, cuya vida individual no sólo es respetable sino venerable porque cada ser es una instancia de Dios. Cada ser tiene su ordenamiento y autonomía propias, pero se articular por la legalidad cósmica. De ahí que la Tierra, el Sol, el tiempo, etc., tengan cualidades similares a las del hombre o a las de cualquier otro sujeto cósmico. Todo ser del Universo posee voluntad e historia propias en tanto cumple el mandato divino.

En este sentido, los sabios nahuas no “adoraban” a los elementos naturales como erróneamente se cree. Ellos reconocían que la Naturaleza y sus elementos eran sagrados al participar de lo divino y por ello se referían a éstos con el simbolismo propio de la divinidad12.

Entender el designio divino, fue la preocupación central de los sabios indígenas; llegar al fundamento del hombre y del Universo, a lo que sustenta y da cimiento, significaba para ellos lo verdadero. “Verdad” en náhuatl es neltiliztli, vocablo derivado de tlanelhuatl que designa “raíz”. Nelhuayotl se refiere al cimiento o fundamento.

Por esto, acceder a la verdad es privilegio de unos cuantos hombres, de los que entienden lo esencial. Así lo reconocen los nahuas, quienes se guían por aquellos que “saben de las cosas”. El tlamatini es el conocedor de las cosas u Hombre de conocimiento, porque él es quien conoce el tlaltipac o “lo que está sobre nosotros” y el topan o mictlan (“la región de los muertos”).

El hombre de conocimiento es quien puede llamarse:

Tla mati ni

cosas él sabe el que

Los tlamatinime son los sabios o filósofos, los hombres de la palabra, de la tinta roja y negra con las que el conocimiento se apunta en los códices. Por eso ellos son quienes pueden orientarnos, sirviéndonos de tetezcaviani o espejo frente al cual se nos revela nuestro verdadero rostro, posibilitando el conocernos a nosotros mismos. El tlamatini es te-ix-cuitiani, quien a los otros una cara hace tomar; te-ix-tomani, quien a los otros una cara hace desarrollar (la cara de lo verdaderamente humano).

Así vemos como “filósofo”, es más que un concepto, es una imagen, por eso tlamatini tiene varios sentidos. En el Códice Matritense, redactado a partir de los indígenas “informantes” del padre Sahagún, a quien debemos gran parte del conocimiento de nuestros antepasados, se muestra, mediante imágenes, la función del sabio náhuatl o tlamatini:

El sabio: una luz, una tea, una gruesa tea que no ahuma. Un espejo horadado, un espejo agujereado por ambos lados. Suya es la tinta negra y roja, de él son los códices, de él son los códices. El mismo es escritura y sabiduría. Es camino, guía veraz para nosotros. Conduce a personas y a las cosas, es guía en los negocios humanos. El sabio verdadero es cuidadoso (como un médico) y guarda la tradición. Suya es la sabiduría transmitida, él es quien enseña, sigue la verdad. Maestro de la verdad, no deja de amonestar. Hace sabios los rostros ajenos, hace a los otros tomar una cara (una personalidad). Se fija en las cosas, regula su camino, dispone y ordena. Aplica su luz sobre el mundo. Conoce lo (que está) sobre nosotros (y), la región de los muertos. (Es hombre serio). Cualquiera es confortado por él, es corregido, es enseñado.

12 La Tierra es, por ejemplo, Tonantzin, “nuestra sagrada madrecita”. Incluso, cuando se refieren a otros elementos también reconocen su jerarquía sagrada. Así, hay nombres nahuas como Atzinameyalli que significa “venerable agüita de manantial”, por citar sólo algunos ejemplos.

Gracias a él la gente humaniza su querer y recibe una estricta enseñanza. Conforta el corazón, conforta a la gente, ayuda, remedia, a todos cura.

Códice Matritense (Informantes de Sahagún)

Es fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) quien rescató innumerables conocimientos indígenas. A 26 años de la conquista, se preocupó por conservar la tradición oral de los antiguos mexicanos. Además de los códices, los indígenas usaron la tradición oral para preservar su conocimiento; utilizando técnicas memorísticas recordaban lo que aprendían en escuelas como el Calmecac o Tepochcalli. Sahagún, con ayuda de indígenas intérpretes, recopiló el conocimiento antiguo mediante códices bilingües (casi todos ellos se encuentran en Europa), rescatando conocimientos religiosos, de gobierno, filosóficos, morales y de costumbres.

Hombres ilustres como Boturini, Clavijero, Francisco del Paso y Troncoso, Orozco y Berra, entre otros, fueron quienes por primera vez se preocuparon por reunir manuscritosy códices, e interpretarlos, resumirlos y ordenarlos. Pero son los doctores Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla quienes más han difundido el pensamiento náhuatl. Reconocer la importancia de este tema y su status filosófico se debe, en gran medida, al trabajo de estos investigadores.

La difusión de los trabajos de Miguel León-Portilla han hecho del pensamiento náhuatl tema obligado del estudiante de Filosofía. Por ello, este capítulo es producto del esfuerzo de estudiosos que como él, en lucha contra la tendencia intelectual, han sabido valorar la inmensa herencia de los antepasados indígenas.

Analicemos otros aspectos de la cultura náhuatl, tanto o más importantes que el mito, como son la concepción del conocimiento, educación, sus valores y su relación con el arte y la vida.

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