1.2 RELACION IGLESIA-ESTADO EN SAN AGUSTIN


En el reinado de Constantino –gran defensor de la nueva religión-, el cristianismo se convirtió en el culto del emperador, para después pasar a ser, en el 380 d. C., religión oficial del Imperio. Sin embargo, la primera gran alianza entre la Iglesia y el Imperio estuvo representada por el Concilio Ecuménico de Nicea, celebrado el año 325 d. C.

Los concilios ecuménicos fueron instituidos con la finalidad de mantener bajo observación a los concilios de las provincias, pero a diferencia de sus gobernantes, elegidos por el emperador, los obispos de las ciudades y de las provincias (llamados metropolitanos) eran elegidos por el pueblo. Así las autoridades eclesiásticas no sólo contaban con el gran apoyo de los ciudadanos (los cuales se consideraban primero cristianos y después civiles), sino que aparecían con toda una investidura sagrada, la cual les daba una amplia hegemonía sobre las almas de los fieles.

El cristianismo, entendido como religión monoteísta, constituía una sola Iglesia. Esta característica le facilitaba, de algún modo, la penetración en las diferentes instancias estatales.

No tardaría en erigirse en un poder religioso independiente al lado del poder civil. Aclaremos que la independencia era de la autoridad religiosa con respecto a la autoridad civil, pero no viceversa. El cristianismo, entendido como religión oficial, representaba la base y justificación sobre la cual el emperador, por el designio divino, ejercía el poder. Por esto mismo, el emperador no podía aparecer como el amo de la Iglesia, ya que ésta era la que le daba validez a su gobierno. Si bien la Iglesia podía subsistir sin el Imperio, éste no podía adquirir la misma hegemonía sin la Iglesia.

Los acontecimientos se sucedieron a granel. Roma ya había sido abandonada por los emperadores de Occidente (en el siglo V vivían en Ravena). Los papas se adueñaron del prestigio de Roma y de Roma misma, ésta dejó de ser la capital del Imperio, para convertirse en la sede del primer obispo cristiano.

Aparte de los logros jurídicos que iba teniendo la Iglesia (jurisdicción disciplinaria sobre sus clérigos, jurisdicción arbitral sobre los fieles, etc.) el emperador Constantino canalizó los bienes confiscados de los templos paganos hacia sus obispos, con lo cual convirtió a la Iglesia cristiana en la potencia económica más poderosa de la época. Así pues, a finales del siglo IV d. C., San Agustín se encuentra con una Iglesia poderosa, con la unidad jurídica del Imperio rota y, con una sólida comunidad cristiana. Por si fuera poco, a finales del siglo IV empieza no sólo una invasión de bárbaros al Imperio, sino una verdadera emigración de ancianos, jóvenes y niños. En el año 410 d. C., los visigodos, encabezados por Alarico, llevan a cabo un saqueo concienzudo y absoluto de la ciudad eterna (Roma). Este hecho acelera la redacción y publicación de una de las principalesobras de San Agustín: La ciudad de Dios. En el año 429 los vándalos invaden la África romanizada, para finalmente, en el año 430 d. C. (año en que muere San Agustín) Genserico sitia Hipona. De todo lo aquí descrito, San Agustín tuvo información o lo vivió en carne propia. Ahora podemos preguntar: ¿cuál fue la actitud que tuvo ante el cristianismo y el Imperio?.

Una de las principales razones por la cual San Agustín escribió La ciudad de Dios fue defender al cristianismo de los ataques de que era objeto, consistentes en culpar a esta religión de la decadencia del Imperio Romano y, en especial, el saqueo que llevaron a cabo Alarico y sus visigodos en Roma. Sin embargo, este intento no va separado de la intención agustiniana de establecer una línea de demarcación entre el Estado y la Iglesia cristiana, representantes ambos en los hechos, y solamente de manera aproximada, de la Ciudad Terrena y la Ciudad de Dios, respectivamente. No está de más aclarar que las ideas que San Agustín trata de desarrollar, tienen como trasfondo una teoría de la historia.

San Agustín parte de la creencia de que el ser humano es ciudadano de dos ciudades: la Ciudad Terrena y la Ciudad de Dios. De este modo, la naturaleza del hombre es dual. Por un lado está formado de alma y por otro de cuerpo. Por tal motivo es ciudadano del Paraíso y también de la Tierra. El cuerpo se inclina hacia los intereses de los bienes terrenales y el alma apunta hacia la Ciudad Celestial. La Ciudad Terrena se funda en los apetitos carnales y la admiración a Satán. La Ciudad Celestial es el reino de la esperanza, de la salvación y del amor a Dios: “Así que dos amores fundaron dos ciudades; es, a saber, la Terrena, el amor propio, hasta llegar a menospreciar a Dios y la Celestial, el amor a Dios, hasta llegar al desprecio de sí mismo. La primera puso su gloria en sí misma y la segunda, en el Señor; porque la una busca el honor y la gloria de los hombres y la otra estima por suma gloria a Dios… aquélla reina en sus príncipes o en las naciones a quien sujetó la ambición de reinar; en ésta unos a otros se sirven con caridad: los directores, aconsejando y los súbditos, obedeciendo; aquella, en sus poderosos, ama su propio poder; ésta dice a su Dios: “A vos, señor, tengo que amar, que sois mi virtud y fortaleza2”.

En el plano histórico, la Ciudad Terrenal tuvo su encarnación en los imperios paganos de Asiria y Roma. El reino de Dios, en cambio, encarna primero en el pueblo hebreo y después en el Imperio Romano cristianizado. La historia de la humanidad está representada por la lucha dramática entre estas dos ciudades. El triunfo final corresponderá a la Ciudad de Dios. El Reino Celestial, precisamente por su carácter divino, es eterno, no está sujeto a cambios. Todo lo mudable, como los hombres de carne y hueso y las obras hechas por ellos, son imperfectas y perecederas. Es precisamente en esta concepción en la que San Agustín basó la supremacía del Reino Celestial sobre cualesquiera de los reinos terrenos, principalmente el de Roma. La Iglesia cristiana, como representante del Reino de Dios en la Tierra, no sólo es independiente ante el Estado (representante del Reino de la Ciudad Terrenal) sino que, en determinado momento, cobra primacía frente a él.

El Estado romano desapareció al igual que todos los reinos terrenos anteriores; lo mismo ocurrirá con los reinos presentes y futuros. El reinado se apoya en los afanes de poder y dominación. Estas pretensiones conducen, inevitablemente, a las guerras y a la aniquilación de los Estados. Tal fue el caso del Imperio, pero no el de la Ciudad de Dios.

Cuando San Agustín dice que en este mundo existen encarnaciones de la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrena no lo refiere como algo literal, por ejemplo, que los imperios paganos en Roma y Asiria fueron exactamente la Ciudad Terrena o que el pueblo hebreo y la Iglesia fueran lo mismo que la Ciudad de Dios. Los gobernantes no son el demonio ni los papas Dios; los gobernantes no son los poderes del mal ni la Iglesia es el reino de Dios. Puede darse el caso de que algún gobernante, a pesar de no ser cristiano, hubiese gobernado con justicia y amor a sus súbditos y por ello su gobierno estaría más cerca de la Ciudad de Dios. Igualmente, no es difícil que existieran papas, autoridades eclesiásticas que, en el nombre de Dios, hayan ejercido su poder espiritual de manera egoísta y en perjuicio del creyente. En este caso la autoridad eclesiástica estaría más cerca de la Ciudad Terrenal. De este modo, vemos que para San Agustín, en la vida real, ambas ciudades se combinan y sólo será hasta el “juicio final” cuando encuentren su verdadera separación3. Entonces, todos los reinos perecederos y personas que hubiesen pecado ingresarán a la Ciudad Terrenal dominada por Satán. Mientras que las Iglesias, autoridades cristianas y fieles que hayan observado una vida y funciones buenas y de amor al prójimo, llegarán a formar parte del Gobierno de Dios, en la Ciudad de Dios.

Como puedes observar, y lo reiteramos, San Agustín afirmaba que la Iglesia era uno de los representantes de la Ciudad de Dios en la vida real y que el Estado (Imperio Romano

2 San Agustín: La Ciudad de Dios, p. 331. 3 “Pero acuérdese que entre estos sus amigos hay algunos ocultos que han de ser ciudadanos suyos; porque no juzgue sin fruto, aún mientras conversa con ellos, que sufra a los que la aborrecen y persiguen hasta que finalmente se declaren y manifiesten; así como es la ciudad de Dios, mientras es peregrina en el mundo, hay algunos que gozan al presente en ella de la comunión de los sacramentos, los cuales, sin embargo, no se han de hallar con ella en la patria eterna de los Santos, y de éstos unos hay ocultos y otros descubiertos, quienes con los enemigos de la religión no dudan en murmurar contra Dios, cuyo sacramento traen, acudiendo unas veces en su compañía a los teatros, y otras con nosotros a las iglesias. Pero de la enmienda aún de algunos de éstos con más razón no debemos perder la esperanza, pues entre los mismos enemigos declarados vemos que hay encubiertos algunos amigos predestinados sin que ellos mismos lo reconozcan; porque estas dos ciudades en este siglo andan confusas y entre sí mezcladas. Hasta que se distinga en el juicio final, de cuyo nacimiento, progresos y fin, con el favor de Dios, diré lo que me pareciere a propósito para mayor gloria de la Ciudad de Dios, la cual campeará más cotejada con sus contrarios” (Idem, p. 28)

pagano), el representante de esta vida de la Ciudad Terrenal. Por tal motivo, la Iglesia cristiana, como instancia de Dios en este mundo, tiene un poder superior al poder del Estado. La Iglesia cristiana puede ofrecer la salvación a las personas que se esfuercen en lograrla.

El Estado pagano (laico) es incapaz de hacer ese ofrecimiento. En este sentido, los intereses de la salvación y con ellos los de la Iglesia, son preponderantes sobre cualesquiera otro tipo de intereses, entre ellos, los del Estado. La tarea histórica de la Iglesia ha sido, desde su aparición, posibilitar la salvación de las personas y su consecuente integración a la Ciudad de Dios.

¿Qué ocurre entonces con el Estado? En el tiempo de San Agustín todavía no era posible que el Estado se convirtiera en un simple apéndice de la Iglesia. A pesar de que el Imperio Romano se estaba resquebrajando, conservaba una relativa autonomía respecto a la Iglesia; de hecho, San Agustín no tenía muy elaboradas las ideas sobre las relaciones entre los Estados seculares y los jerarcas eclesiásticos, y cuando se generaban disputas entre ambos aparatos, uno de ellos interpelaba al poder que poseía.

Es innegable que San Agustín puso sobre el tapete las complejas, complementarias y contradictorias relaciones entre la Iglesia y el Estado. Este último era un Estado cristianizado, el cual se encarga de llevar a cabo persecuciones y ejecuciones de personas sospechosas de herejía. Ideológicamente el Estado se arrogaba el derecho de determinar las creencias de las personas; políticamente estableció reglamentaciones que fortalecieron su poder. El Estado cristianizado fue el ideal de San Agustín.

En nuestra época, aunque jurídica y políticamente las diferencias entre Iglesia y Estado han cobrado nitidez, no por ello han dejado de ser complejas, complementarias y contradictorias.

Para continuar, solamente diremos que los seres humanos no dejan de ser hijos de su época. A San Agustín le tocó la gran suerte de presenciar la catástrofe de un Imperio y el surgimiento de una religión Vigorosa. Como filósofo comprometido con su tiempo, nunca hubiera podido dejar de hablar en sus libros de estos grandes acontecimientos.

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