3.3.1 RASGOS RECURRENTES
En la literatura los lectores podemos distinguir el estilo de uno u otro autor a través de sus rasgos constantes tanto en la forma (lenguaje) como en el fondo (contenido), a estos los llamamos rasgos recurrentes.
Para ejemplificar lo anterior nos remitiremos a los cuentos de García Márquez, en donde encontramos como rasgos recurrentes de contenido el hecho de que siempre menciona los pueblos típicos, la figura materna (a la cual le da una significación muy especial como en Los Funerales de la Mamá Grande) y acciones que aparentemente son irreales como en El ahogado más hermoso del mundo. Otro ejemplo lo encontramos en las obras de Juan Rulfo, en El llano en llamas y en Pedro Páramo, donde también se observan como rasgos recurrentes el ubicar las acciones en zonas rurales y presentar gente del campo, explotada, amenazada o ultrajada.
Desde el punto de vista de la forma, García Márquez gusta de utilizar metáforas a través de un lenguaje sencillo cargado de gran significación; Rulfo también utiliza un lenguaje sencillo, pero cargado de gran simbolismo en su afán de introducirse al interior de sus personajes.
¿Podrías sugerir otros ejemplos?.
Los rasgos recurrentes, en conclusión, son las constantes que hayamos en un texto literario y están relacionados con el contenido y la forma, lo que da equilibrio a la obra literaria.
Para que apliques lo que aprendiste sobre los rasgos recurrentes que identifican el estilo de un autor, realiza lo siguiente:
I. Lee atentamente el siguiente texto y resuelve lo que se te pide al final del mismo:
TEXTO 51
El Retrato Oval 39
El castillo en el cual mi asistente se había empeñado en entrar si fuese menester a la fuerza, antes que permitirme pasar, hallándome gravemente herido, la noche al raso, era uno de esos enormes edificios, mezclados de lobreguez y grandeza, que durante tanto tiempo han alzado su frente ceñuda por entre los Apeninos, no menos en la realidad, que en las novelas de la señora Radcliff. Según todas las apariencias había sido abandonado temporalmente y en época muy cercana. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una apartada torre del edificio. Su ornamentación era rica, pero ajada y vetusta. Sus paredes estaban colgadas de tapices, y ornadas con diversos y multiformes trofeos heráldicos, junto con inusitada numerosidad de pinturas modernas muy garbosas; en marcos de rico arabesco de oro. Por aquellas pinturas, que pendían de las paredes no sólo en sus principales superficies, sino hasta en los muchos rincones que la extravagante arquitectura del castillo hacía necesarios, por aquellas punturas, digo, mi delirio incipiente, quizás despertado en mi profundo interés; de manera que ordené a Pedro cerrase los macizos postigos de la habitación, pues que ya era de noche que encendiese los picos de un grande candelabro que se alzaba junto a la cabecera de mi cama y que corriese de par en par las floqueadas cortinas de negro terciopelo que envolvían también la cama. Quise que se hiciera todo aquello para poder entregarme si no al sueño, a lo menos alternativamente a la contemplación de aquellos cuadros y a la
39 Tomado de POE, Edgar Allan. Narraciones Extraordinarias. Latinoamericana.
muy atenta lectura de un pequeño volumen que habíamos hallado sobre la almohada, y que contenía la crítica y la descripción de ellos.
Largamente, largamente leí y devotamente. devotamente contemplé. Rápida y magníficamente pasamos las horas, y llegó la plena medianoche. La posición del candelabro me desplacia, y alargando mi mano con dificultad, por no despertar a mi adormecido asistente, lo coloqué de manera que sus rayos cayesen más de lleno sobre el libro.
Pero aquella acción produjo un efecto completamente inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (porque había muchas) caían ahora dentro de un nicho de la habitación el cual, hasta entonces, había sido dejado en profunda oscuridad por uno de los postes de la cama. Y por ello pude ver vivamente iluminado un retrato que me había pasado completamente inadvertido. Era el retrato de una niña que apenas comenzaba a ser mujer. Miré precipitadamente aquella pintura, y acto seguido cerré los ojos. ¿Por qué hice aquello? No fue claro al primer pronto ni para mi propia percepción. Pero mientras mis párpados quedaban cerrados de aquella manera, recorrí en mi espíritu los motivos que había tenido para cerrarlos. Había sido un movimiento impulsivo para ganar tiempo de pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y dominar mi fantasía y dedicarme a una contemplación más juiciosa y verídica. Al cabo de muy pocos momentos, miré otra vez fijamente a la pintura.
Lo que yo entonces veía con justeza, no podía ni quería dudarlo; porque el primer resplandor de las bujías sobre el lienzo, había parecido disipar el soñoliento sopor que se estaba apoderando de mis sentidos, y volverme con sobresalto a la vida despierta.
El retrato, ya lo he dicho, era el de una joven. Se reducía a la cabeza y hombros hecho a la manera que técnicamente suele llamarse de viñeta; tenía mucho de estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el pecho y hasta los contornos de los radiosos cabellos, se fundían imperceptiblemente en la vaga, pero profunda sombra que formaba el fondo de aquel conjunto. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en arabesco. Como obra de arte, nada podía ser más admirable que aquella pintura por sí misma. Pero no podía haber sido ni la factura de la obra ni la inmortal belleza de aquel semblante, lo que tan súbitamente y con tal vehemencia entonces me había conmovido, y mucho menos podía haber sido que mi fantasía sacudida de su casi adormecimiento, hubiera tomado aquella cabeza por la de una persona viva. Comprendí en seguida que las particularidades del dibujo, del aviñetado, y del marco hubieran instantáneamente disipado semejante idea, me hubieran evitado hasta una momentánea distracción. Meditando seriamente acerca de todo aquello, permanecí, tal vez durante una hora, medio sentado, medio reclinado, con la vista clavada en aquel retrato. Finalmente; satisfecho de haber acertado el verdadero secreto del efecto que producía, me eché completamente de espaldas en la cama. Había hallado que el hechizo de aquella pintura consistía en una absoluta semejanza con la vida en su expresión, que primero me sobrecogió y finalmente me desconcertó, me avasalló y me anonadó. Con profundo y respetuoso temor volví a colocar el candelabro en su posición primera. Una vez que quedó apartada de mi vista la causa de mi profunda agitación, escudriñé ansiosamente el volumen que trataba de aquellas pinturas y de sus historias. Volví las hojas hasta encontrar el número que designaba el retrato oval, y allí leí las imprecisas y primorosas palabras que siguen:
“Era una doncella de singularísima belleza, y no menos amable que llena de alegría.Pero funesta fue la hora en que ella vio, y amó, y se casó con el pintor. Él apasionado, estudioso, austero, y que tenía ya una esposa en su Arte; ella, una doncella de rarísima belleza, y no menos amable que llena de alegría; toda luz y sonrisas, y juguetona como un cervatillo; amante y cariñosa para todas las cosas de este mundo; sólo aborrecía el Arte que era su rival; sólo temía a la paleta y los pinceles y otros enfadosos instrumentos que la privaban de la presencia de su amado. Fue, pues, cosa terrible para aquella señora oír hablar al pintor de su deseo de retratar también a su joven esposa. Pero ella era humilde y obediente, y se estuvo dócilmente sentada durante muchas semanas en la sombría y elevada cámara de la torre donde la luz caía sobre el lienzo sólo desde arriba. Pero él, el pintor, tomó suma afición a su obra, que iba adelantando hora por hora, y día por día. Y él era un hombre apasionado, y vehemente, y caprichoso, que se perdía siempre en fantaseos; de tal modo que no quería ver cómo aquella luz que se derramaba tan lúgubremente en aquella solitaria torre, marchitaba la salud y el ánimo de su esposa a quien todos veían consumirse menos él. Y sin embargo, ella no paraba de sonreírle, sin quejarse nunca, porque veía que el pintor (quien gozaba de alto renombre) hallaba su férvido, abrasador deleite en su tarea y se afanaba de día y de noche en pintar a la que tanto lo amaba, y que cada día se iba desalentando más y enflaqueciendo. Y, la verdad sea dicha, algunos que contemplaron el retrato, hablaron de su parecido en quedas palabras, como de una vigorosa maravilla, y demostración, no sólo del talento del pintor, sino de su amor profundo por aquella a quien pintaba de modo tan excelso. Pero hacia el final, cuando la obra se acercaba más a su terminación, ya no se admitía a nadie en la torre; porque el pintor se había alocado con el ardor de su tarea, y raramente quitaba los ojos del lienzo, ni ya siquiera para mirar al rostro de su esposa. Y no quería ver cómo los colores que esparcía en el lienzo eran arrancados de las mejillas de la que estaba sentada junto a él. Y cuando hubieron pasado muchas semanas más, y quedaba ya muy poco por hacer, salvo una pincelada sobre la boca y un toque en los ojos, el espíritu de la señora vaciló al mismo tiempo como la llama en la concavidad de una lámpara. Y luego la pincelada fue puesta, y luego el toque fue dado; y, por un momento, el pintor se quedó arrobado delante de la obra que acababa de trabajar; pero en el momento inmediato, mientras todavía estaba contemplando, se puso tembloroso y muy pálido y despavorido y gritando con alta voz:
– ¡Esto es realmente la Vida misma!.
Volvió súbitamente los ojos hacia su amada: ¡estaba muerta!”.
1. Elabora el resumen de este cuento:
- Describe los lugares donde se desarrollan las acciones:
- ¿Cómo es el ambiente que rodea a los personajes?.
- Describe el comportamiento del pintor:
- ¿Cuál es el tema del cuento?.
II. Lee y analiza el siguiente cuento, realiza lo que se te pide al final de este:
TEXTO 52
El Corazón Revelador 40
¡De veras! Soy muy nervioso. Tremendamente nervioso. Lo he sido siempre; pero ¿por qué decís que estoy loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, pero no los ha destruido ni embotado. De todos ellos, el más agudo era el del oído. Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra y bastantes del infierno. ¿Cómo, entonces, he de estar loco?. Atención. Observad con qué salud, con qué calma puedo contaros toda esta historia.
Es posible explicar cómo la idea penetró originalmente en mi cerebro. Pero, una vez concebida, me acosó día y noche. ¡Motivo no había alguno! Nada tenía que ver con ello la pasión. Yo quería al viejo. Nunca me había hecho daño. jamás me insultó. Su oro no despertó en mí la menor codicia. Creo que era su ojo. Si , esto era. Uno de sus ojos se parecía al de un buitre. Un ojo azul pálido, con una catarata. Cuantas veces caía ese ojo sobre mi, se helaba mi sangre. Y así lentamente, gradualmente, se me metió en la cabeza la idea de matar al anciano y librarme para siempre, de ese modo, del ojo aquel.
Ahora viene la dificultad. Me creeréis loco. Los locos nada saben de cosa alguna. Pero si me hubieseis visto, si hubierais visto con qué cautela, con qué disimulo puse manos a la obra…
Nunca estuve tan amable con él como durante toda la semana que precedió al asesinato. Cada noche, cerca de las doce, descorría el pestillo de la puerta, y la abría, ¡oh! muy suavemente. Y entonces, cuando la había abierto lo suficientemente para que pasara mi cabeza, introducía por la abertura una linterna sorda, bien cerrada, bien cerrada, para que no se filtrara ninguna claridad. Después metía la cabeza. ¡Oh! Os hubierais reído viendo con qué habilidad metía la cabeza. La movía lentamente, muy, muy lentamente, con miedo de turbar el sueño del anciano. Por lo menos, necesitaba una hora para introducir toda mi cabeza por la abertura y ver al viejo acostado en su cama. ¡Ah! ¿Hubiera sido tan prudente un loco? Entonces, cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, abría con precaución mi linterna -¡oh!, con qué cuidado, con qué cuidado!-, porque la charnela rechinaba un poco. La abría justamente lo necesario para que un hilo imperceptible de luz incidiera sobre el ojo de buitre. Hice esto durante siete noches interminables, a las doce, precisamente. Pero encontraba siempre el ojo cerrado, y así fue imposible realizar mi propósito, porque no era el anciano el que me molestaba, sino su Maldito Ojo. Y todas las mañanas, cuando amanecía, entraba osadamente en su
40 ibidem.
cuarto y hablábale valerosamente, llamándole por su nombre con voz cordial, interesándome por cómo había pasado la noche. Estáis viendo pues, que había de ser un viejo muy perspicaz para sospechar que todas las noches, precisamente a las doce, le observaba durante su sueño.
En la octava noche abrí la puerta con mayor precaución que antes. La aguja de un reloj se mueve más de prisa que lo que se movía entonces mi mano. Jamás como aquella noche pude darme cuenta de la magnitud de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas podía dominar mi sensación de triunfo. Pensar que estaba allí, abriendo la puerta poco a poco, y que él ni siquiera soñaba en mis acciones o mis pensamientos secretos. A esta idea se me escapó una risita, y tal vez me oyese, porque se movió de pronto en su lecho como si fuera a despertarse. Tal vez creáis ahora que me retiré. Pues no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, tan espesas eran las tinieblas – porque las ventanas estaban cerradas cuidadosamente por miedo a los ladrones-, y, seguro de que él no podía ver la puerta entreabierta, continué empujándola un poco más siempre un poco más.
Había introducido mi cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre el cierre de hierro estañado y el anciano se incorporó en su lecho preguntando:
-¿Quién anda ahí?.
Permanecí completamente inmóvil y nada dije. Durante toda una hora no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a acostarse. Continuaba sentado en la cama, escuchando, exactamente lo mismo que yo lo había hecho durante noches enteras, oyendo a las arañas en la pared.
De pronto oí un débil gemido. Me dí cuenta de que se trataba de un lamento de terror mortal. No era un lamento de dolor o tristeza, ¡oh, no!; era el murmullo sordo y ahogado que escapa de lo íntimo de un alma oprimida por el espanto. Yo ya conocía bien ese murmullo. Muchas noches, precisamente al filo de la medianoche, cuando todos dormían, irrumpía en mi propio pecho, excavando con un eco terrible los terrores que me consumían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que estaba sintiendo el viejo y sentía piedad por él, aunque la risa llenase mi corazón. Sabía que él continuaba despierto desde que, habiendo oído el primer rumor, se movió en la cama. Sus temores habían ido siempre en aumento. Procuraba persuadirse de que eran infundados. Habíase dicho a sí mismo: “No es nada. El viento en la chimenea. Un ratón que corre por el entarimado”, o: “Simplemente un grillo que canta”. Sí, procuró calmarse con estas hipótesis. Pero fue todo inútil. Fue todo inútil, porque la Muerte que se aproximaba había pasado ante él con su gran sombra negra, envolviendo con ella a su víctima. Y era la influencia fúnebre de su sombra no vista lo que le hacía sentir -aunque no viera ni escuchara nada- lo que le hacía sentir la presencia de mi cabeza en su cuarto.
Después de haber esperado largo rato, con toda paciencia, sin oír que se acostara de nuevo, me aventuré a abrir un poco la linterna, pero tan poco, tan poco como si nada. La abrí tan furtivamente, tan furtivamente, como no podréis imaginároslo, hasta que, al fin, un único y pálido rayo, como un hilo de telaraña, salió por la ranura y descendió sobre su ojo de buitre.
Estaba abierto, enteramente abierto, y, al verlo, me encolericé. Lo vi con nitidez perfecta. Todo él, de un azul mate y cubierto por una horrorosa nube que me helaba la médula de los huesos. Pero no podía ver ni la cara ni el cuerpo del anciano, porque dirigía el hilo de luz, como por instinto; precisamente sobre el maldito lugar.
¿No os he dicho ahora que apenas es una hiperestesia de los sentidos aquello que consideráis locura?. Entonces, os digo, un rumor sordo, ahogado, continuo llegó a mis oídos, semejante al producido por un reloj envuelto en algodón. Inmediatamente reconocí ese sonido. Era el corazón del viejo, latiendo. Excitó mi furor como el redoble del tambor excita el valor del soldado.
Me dominé, no obstante, y continué sin moverme. Apenas respiraba. Tenía quieta en las manos la linterna. Esforzándome en conservar el rayo de luz fijo sobre el ojo. Al mismo tiempo, el pálpito infernal del corazón era cada vez más fuerte, más apresurado, y sobre todo, más sonoro. El pánico del anciano debió de ser tremendo. Este latir, ya lo he dicho, volvíase cada vez más fuerte, minuto a minuto. ¿Me oís bien? Ya os he dicho que era nervioso. Realmente lo soy, y entonces, en pleno corazón de la noche, en medio del temible silencio de aquella vieja casa, un ruido tan extraño hizo penetrar en mí un pavor irresistible. Durante algunos minutos me contuve y continué tranquilo. Pero la pulsación hacíase cada vez más fuerte, siempre más fuerte. Creí que el corazón iba a estallar, y era que una nueva angustia se apoderaba de mí; el rumor podía ser oído por algún vecino. Había sonado la hora del viejo. Con un gran alarido, abrí de pronto la linterna y me precipité en la alcoba. El viejo dejó escapar un grito, uno solo. En un momento le derribé al suelo, depositando sobre él el tremendo peso del lecho. Sonreí entonces, complacido, viendo tan adelantada mi obra. Durante algunos minutos, el corazón, sin embargo, latió con un sonido ahogado. A pesar de todo, ya no me atormentaba. No podía oírse a través de las paredes. Por fin, cesó. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cuerpo. Sí; estaba muerto, muerto como una piedra. Puse mi mano sobre su corazón y estuve así durante algunos minutos. No advertí latido alguno. Estaba muerto como una piedra. En adelante, su ojo no me atormentaría más.
Si insistís en considerarme loco, vuestra opinión se desvanecerá cuando os describa las inteligentes precauciones que tomé para esconder el cadáver. Avanzaba la noche y yo trabajaba con prisa, pero en silencio. Lo primero que hice fue desmembrar el cuerpo. Corté la cabeza. Después, los brazos. Después, las piernas.
En seguida arranqué tres tablas del entarimado y lo coloqué todo bajo el piso de madera. Después volví a poner la tablas con tanta habilidad y destreza, que ningún ojo humano ni siquiera el suyo- hubiese podido descubrir allí nada alarmante. Nada había que lavar, ni una mancha. Ni una mancha de sangre. No se me escapó pormenor alguno. Una cubeta lo hizo desaparecer todo… ¡Ah! ¡Ah!
Cuando terminé todas estas operaciones eran las cuatro y estaba tan oscuro como medianoche. En el momento en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de calle. Bajé a abrir, confiado, porque, ¿qué era lo que tenía que temer entonces?. Entraron tres hombres, que se presentaron a mí cortésmente como agentes de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche y le hizo despertar la sospecha de que se había cometido un crimen. En la comisaría había sido hecha una denuncia y aquellos caballeros -los agentes- habían sido enviados para practicar un reconocimiento.
-El grito- les dije- lo lancé yo, soñando. El viejo -añadí- está de viaje por la comarca.
Conduje a mis visitantes por toda la casa. Les invité a que buscaran, a que buscaran bien. Por fin; los conduje a su cuarto. Les mostré sus tesoros, con perfecta seguridad, en perfecto orden. Entusiasmado con mi confianza, les llevé unas sillas a la habitación y les supliqué que se sentaran, mientras yo, con la desbordada audacia del triunfo absoluto, coloqué mi propia silla exactamente en el lugar que ocultaba el cuerpo de la víctima.
Los agentes estaban satisfechos. Mi actitud les había convencido. Sentíame singularmente bien. sentáronse y hablaron de cosas familiares, a las que contesté jovialmente. Pero, el poco rato, me di cuenta de que palidecía y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me parecía que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados y prosiguiendo la conversación. El zumbido hízose más claro. Persistió y volvióse cada vez más perceptible. Empecé a hablar copiosamente para liberarme de tal sensación. Pero ésta resistió, reiterándose de tal modo, que no tardé en descubrir, por último, que el rumor no nacía en mis oídos.
Sin duda, me puse entonces muy pálido. Pero seguía hablando sin tino, elevando el tono de mi voz. El ruido aumentaba siempre. ¿Qué podía hacer?
Era un ruido sordo, ahogado, continuo, semejante al producido por un reloj envuelto en algodón. Respiraba con dificultad. Los agentes nada oían aún.
Hablé más de prisa, con mayor vehemencia. Pero el rumor crecía incesantemente. Me levanté y discutí sobre tonterías, con voz muy alta y violenta gesticulación. Pero el rumor crecía siempre. ¿Por qué ellos no se querían marchar?. Comencé a andar de un lado para otro de la habitación, pesadamente, dando grandes pasos, como exasperado por sus observaciones. Pero el rumor crecía incesantemente. ¡Oh Dios! ¿Qué podía yo hacer? Echaba espumarajos, desvariaba, pateaba. Movía la silla en que estaba sentado y la hacía resonar sobre el suelo. Pero el rumor lo dominaba todo y crecía indefinidamente. Hacíase más fuerte cada vez, más fuerte, siempre más fuerte. Y los hombres continuaban hablando, bromeando, sonriendo. ¿Sería posible que nada oyeran? ¡Dios Todopoderoso! ¡No, no!; ¡Estaban oyendo, estaban sospechando! ¡Sabían! ¡Estaban divirtiéndose con mi terror! Así lo creí y lo creo ahora. Pero había algo peor que aquella agonía, algo más insoportable que aquella burla. No podía tolerar por más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. Me di cuenta de que era preciso gritar o morir, porque entonces… ¿Lo oís? ¡Escuchad! ¡Cuán alto, cuán alto, siempre más alto, siempre más alto!
-¡Miserables! – exclamé-. ¡No disimulen por más tiempo! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen esas tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su horroroso corazón!.
1. Escribe el resumen del texto:
- Describe los lugares en donde se desarrollan las acciones:
- ¿Cómo es el ambiente en el que se desenvuelven los personajes?.
- ¿Qué características tiene el comportamiento del narrador?.
- ¿Cuál es el tema del texto?
III. Con base en las respuestas anteriores, menciona cuáles son los rasgos recurrentes de forma y de contenido del escritor Edgar Allan Poe:
Comenta las respuestas con tu asesor de contenido.
Con la lectura atenta del siguiente esquema podrás reconocer cómo se manifiesta el estilo propio de un autor en sus obras:
FORMA se refiere al
MANEJO DEL LENGUAJE
por ejemplo METÁFORAS
SIMBOLISMOS VOCABULARIO SENCILLO
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